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domingo, 18 de enero de 2009
Veni Creátor Spíritus - Ven, Espíritu creador
Veni Creátor Spíritus Ven, Espíritu creador
Veni, Creátor Spíritus,
mentes tuórum vísita,
imple supérna grátia,
quae tu creásti péctora.
Ven, Espíritu creador,
visita las almas de tus fieles
y llena de la divina gracia
los corazones que Tú mismo creaste.
Qui díceris Paráclitus,
donum Dei, altíssimi,
fons vivus, ignis, cáritas
et spiritális únctio.
Tú eres nuestro Consolador,
Don de Dios Altísimo,
fuente viva, fuego, caridad
y espiritual unción.
Tu septifórmis múnere, dextrae Dei tu
dígitus, tu rite promíssum Patris sermóne ditans gúttura.
Tú derramas sobre nosotros los siete dones;
Tú, el dedo de la mano de Dios;
Tú, el prometido del Padre;
Tú, que pones en nuestros labios los tesoros
de tu palabra.
Accénde lumen sénsibus,
infúnde amórem córdibus,
infírma nostri córporis,
virtúte firmans pérpeti.
Enciende con tu luz nuestros sentidos;
infunde tu amor en nuestros corazones; y, con tu perpetuo auxilio,
fortalece nuestra débil carne.
Hostem repéllas lóngius
pacémque dones prótinus;
ductóre sic te praévio
vitémus omne nóxium.
Aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto la paz,
sé Tú mismo nuestro guía y,
puestos bajo tu dirección,
evitaremos todo lo nocivo.
Per te sciámus da Patrem
noscámus atque Fílium,
te utriúsque Spíritum
credámus omni témpore.
Por Ti conozcamos al Padre,
y también al Hijo;
y que en Ti, espíritu de entrambos,
creamos en todo tiempo.
V/ Emitte Síiritum tuum, et creabúntur.
R/ et renovábis fáciem terrae..
V/ Envía tu Espíritu Creador.
R/ y renueva la faz de la tierra.
V/ Orémus:
Deus, qui corda fidélium Sancti Spíritus illustratióne docuísti: da nobis in eódem Spíritu recta sápere, et de eius semper consolatióne gaudére. Per Christum Dóminum nostrum.
Amen
Desconocido
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Despertar al Elefante
Despertar al Elefante
En la India existe aun la muy antigua tradición del uso del elefante. Era y sigue siendo utilizado para muy diversas ocupaciones: desde sobrellevar en su lomo al rey, hasta ser transporte de madera y de múltiples cargas.
Podríamos preguntarnos como es que este animal tan colosal llega a ser domesticado. Con gran tristeza se ha podido constatar una de las prácticas más crueles para este propósito. Consiste en cavar un gran hoyo, donde el elefante después de ser perseguido y cercado se le hace caer allí mismo, en seguida, sin posibilidad alguna de salir, es lazado y amarrado desde su extremidades, jalándolas con tal fuerza hacia postes previamente apuntalados, para finalmente inmovilizarlo. En este estado sigue manteniendo prácticamente su vigor, pero aun falta lo más terrible: el lograr que pierda su dignidad de animal fuerte y libre. Esto se logra a través de una tortura paradójicamente inhumana. Se le comienza a golpear incesantemente tanto en la cabeza como en el cuerpo, el animal poco a poco va perdiendo fuerza, y lo peor, va perdiendo su propia conciencia -si así podemos llamarle- de su dignidad. Es totalmente humillado. Así, a fuerza de golpes y del condicionamiento del dolor sin poder defenderse, el objetivo es logrado. Se le ha despojado de su grandeza para convertirlo en un ser pasivo, ausente de su antigua magnánima identidad.
Perdón por la comparación, con todo el respeto del que como católico soy capaz, esta figura me recuerda a mi Iglesia,
La veo recibir de manera incesante golpe tras golpe de quienes quieren doblegarla, por detractores quienes apenas tienen oportunidad lanzan sórdidos ataques, con intento de descrédito, de vilipendio, de burla, de humillación. Todo dirigido a mermar su moral, sus valores más sagrados, su investidura, lo peor, la misma palabra de Dios. Lo constato por la radio, por la televisión, por revistas y periódicos, incluso y lo más triste, también por parte de quienes se dicen ser parte de ella misma y utilizan tribunas para el descrédito y la confusión..
Ante todo ello debemos preguntar: ¿Dónde están nuestros sacerdotes, donde están nuestros pastores para defenderla, donde el ánimo y el ardor y las nuevas formas a las que invita nuestro Santo Padre pare renovarla?.
¿Cuándo despertará este gigante? ¿Cuándo nuestra Iglesia recuperará su memoria de ser sagrada y divina, de saberse acompañada y protegida por el verdadero Dios, quien siempre está con ella?
Quiero precisar esta vez al elefante como figura de nuestros pastores, quiero asentar este hecho: ¿Por qué no han logrado redescubrir toda la potencia de la que son capaces? ¿De reconocerse en el alcance que tiene su voz, su ejemplo, su ministerio, su liderazgo como pastores del rebaño de Cristo?. No logro entender la parsimonia, mucho menos la monotonía, cuando no observo ni siquiera en la homilía la relación de la Palabra con lo concreto de la vida cotidiana.
Ahora, cerca de Pentecostés, habrá que recordar que El Espíritu de Dios, el Espíritu Santo ya está con nosotros, somos ya hijos de Dios -por su gracia- y como tales debemos actuar, rompiendo yugos y ataduras mundanas, sobrenaturalizando nuevamente nuestra persona. Cristo ya vino, ¡y desde hace dos mil años!. ¡Recordémoslo! No somos ya esclavos, somos libres tanto como hijos de Dios. “Todos aquellos a los que guía el Espíritu de Dios son hijos e hijas de Dios. Entonces no vuelvan al miedo; ustedes no recibieron un espíritu de esclavos, sino el espíritu propio de los hijos de Dios, que nos permite gritar ¡Abba!, o sea: ¡Papa!. El Espíritu asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Siendo hijos, son también herederos; la herencia de Dios será nuestra y la compartiremos con Cristo. Y si hemos sufrido con Él, estaremos también con Él en la Gloria”. Rom 8, 4-17.
Ojalá que descubramos a nuestra Iglesia radiante, con la fuerza propia que le es natural, tan natural como que surge de la herencia divina de su identidad, de su propio linaje, linaje que proviene de Rey de Reyes, de ser la Iglesia de Cristo.
Salgamos ya de agujeros y caminemos como Iglesia y que solo sea Cristo quien pueda
conducirnos de nuevo a la libertad y pisar fuerte allí donde a nuestro paso retiemble el camino y sus alrededores, para llegar de nuevo a la casa del Padre.
Con todo el amor y súplica para nuestros Pastores.
Antonio Maza Pereda
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Una ayuda imprescindible
El Espíritu Santo actúa en nuestra vida
1) Para saber
Si hemos observado o viajado en un barco de vela, seguramente sabremos la conveniencia de que el viento sople a nuestro favor, es decir, en dirección hacia adonde nos dirigimos. Y por el contrario, sabemos que si no hay viento, es necesario ponerse a remar si queremos avanzar. Con viento, el esfuerzo es mínimo y avanzamos con rapidez. Sin viento, se nos dificulta y nos lleva poner más esfuerzo para llegar a nuestro destino.
Pues bien, esa comparación nos puede ayudar para comprender la acción del Espíritu Santo con sus Dones en nuestro camino de la vida hacia nuestra meta final. Nuestro Señor Jesucristo nos ha dejado marcada la meta para alcanzarla: “Sean, pues perfectos, como su Padre celestial es perfecto”.
Para alcanzar esa meta contamos con las virtudes que conseguimos a través de nuestro esfuerzo: la prudencia, la fortaleza, la templanza, etc., son esas virtudes que nos ayudan a avanzar en nuestro camino. Pero esas virtudes no bastan. Se asemejan a los remos con los que tenemos que impulsar nuestra barca para avanzar. Contamos además, y sobre todo, con los Dones del Espíritu Santo, que representan el viento que favorece grandemente nuestro avance hacia nuestro destino, y con esta ayuda imprescindible sí que se puede alcanzar esa meta tan alta.
2) Para pensar
Suele suceder que estando una madre mostrando a su hijo pequeño a sus amigas, el niño de repente comienza a llorar o a gritar. Las amigas dan sus opiniones sobre lo que le pasa al niño, pero la madre es la que con certeza dice que le sucede al niño: ya sea que tenga hambre o alguna otra molestia. Las madres captan perfectamente las necesidades de sus hijos pequeños.
Sucede que una persona es capaz de intuir fácilmente lo que necesita o quiere la persona a quien ama. A veces no se necesitan palabras, basta una mirada para intuir lo que quiere decirnos. En nuestra relación con Dios sucede algo similar: si lo amamos, podemos escuchar fácilmente las divinas inspiraciones del Espíritu Santo.
Los Dones del Espíritu Santo nos llegan de Dios, pero podemos facilitar su desarrollo si acrecentamos en nuestros corazones la caridad. Pongamos un mayor esfuerzo en amar a Dios y a los demás, y entonces nos será más fácil captar lo que el Espíritu Santo quiera decirnos.
3) Para vivir
A continuación transcribo una oración que compuso San Josemaría Escrivá y que solía rezarla con frecuencia:
“¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo; inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.
¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras.”
Padre José Martínez Colín
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El Papa se despide en Australia. Con la fuerza del Espíritu Santo.
El Papa se despide en Australia
Con la fuerza del Espíritu Santo
a) Para saber
Al finalizar la XXIII Jornada Mundial de la Juventud 2008, en la Santa Misa que celebró el Papa Benedicto XVI en Australia pronunció una enriquecedora homilía. Glosó el lema escogido: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos” (Hechos 1, 8).
Decía el Papa que “por la fuerza de este Espíritu, Pedro y los Apóstoles fueron a predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra. En cada época y en cada lengua, la Iglesia continúa proclamando en todo el mundo las maravillas de Dios e invita a todas las naciones y pueblos a la fe, a la esperanza y a la vida nueva en Cristo”.
El Papa, como sucesor de San Pedro, nos invita a abrir el corazón al poder del Espíritu de Cristo y a la riqueza de sus dones: “En efecto, el Espíritu Santo desciende nuevamente en cada Misa, invocado en la plegaria solemne de la Iglesia, no sólo para transformar nuestros dones del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, sino también para transformar nuestras vidas, para hacer de nosotros, con su fuerza, «un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo»”.
b) Para pensar
Podríamos comparar la acción del Espíritu Santo como sucede con el niño que está aprendiendo a escribir. Su mamá, para enseñarle, toma su mano, y la guía para que escriba sus primeros trazos. En nuestra vida espiritual el Espíritu Santo guía nuestro andar para alcanzar la meta espiritual que Jesucristo nos señala: la santidad. Una meta alta, pero con una ayuda mayor.
Por eso al Espíritu Santo se le suele denominar como el Maestro, pues Él nos enseña y dirige hacia Dios. Además de impulsarnos e iluminarnos, Él mismo nos conduce “de la mano”.
Sin embargo, dice el Papa, esta fuerza del Espíritu Santo, no es algo que podamos merecer o conquistar; podemos sólo recibirla como puro don: “El amor de Dios puede derramar su fuerza sólo cuando le permitimos cambiarnos por dentro. Debemos permitirle penetrar en la dura costra de nuestra indiferencia, de nuestro cansancio espiritual, de nuestro ciego conformismo con el espíritu de nuestro tiempo… Por esto es tan importante la oración: la plegaria cotidiana, la privada en la quietud de nuestros corazones y ante el Santísimo Sacramento, y la oración litúrgica en el corazón de la Iglesia”.
Jesús está siempre presente en nuestros corazones, esperando serenamente que nos dispongamos en el silencio junto a Él para sentir su voz, permanecer en su amor y recibir «la fuerza que proviene de lo alto», una fuerza que nos permite ser sal y luz para nuestro mundo.
c) Para vivir
Así como mediante Internet o teléfono nos alegramos al saber los mensajes que nos envían de lejos nuestros seres queridos, de modo semejante, en el ámbito espiritual, los Dones del Espíritu Santo nos ayudan a saber las inspiraciones del Espíritu Divino. Pero además nos dan la fuerza para hacer nuestras obras. Los Dones nos “mueven” para hacer obras dignas de un hijo de Dios.
Siguiendo con el ejemplo del niño, podemos concluir que el aprendizaje será más fácil y rápido si ese niño está atento a las indicaciones y no opone resistencia. Nosotros, de igual manera, hemos de saber escuchar sus inspiraciones, dispongámonos mejor para escucharlo durante nuestra oración.
Padre José Martínez Colín
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Ser artistas de nuestra vida. Para ser buenos alumnos de Dios
Ser artistas de nuestra vida
Para ser buenos alumnos de Dios
1) Para saber
Acaba de pasar la fiesta del Espíritu Santo, y el Papa Benedicto XVI nos ha recordado que el “Espíritu Creador viene en nuestra ayuda. Ha entrado en la historia y así nos habla de un modo nuevo”.
Es frecuente observar que cuando un niño está aprendiendo a escribir, el profesor o sus padres, además de mostrarle la forma en que son las letras y las palabras, no se conforman con ello, sino que ellos mismos suelen tomarle la mano al pequeño, y la van guiando a fin de que logre escribir sus primeros trazos.
Algo semejante sucede en nuestra vida espiritual. No estamos solos para alcanzar la santidad, que es la meta espiritual que Jesucristo nos ha señalado.
Ciertamente es una meta alta, pero Él mismo nos ha enviado una ayuda extraordinaria: al Espíritu Santo. En efecto, al Espíritu Santo se le suele denominar Maestro, pues Él nos enseña y dirige hacia nuestra santificación, hacia Dios.
Además de impulsarnos e iluminarnos, Él mismo nos conduce “de la mano” para llegar a formar, en nosotros, la imagen de Jesucristo. Y ello lo hace de tal forma que, sin quitarnos nada de nuestra libertad, nuestras obras llevan un toque “divino”, llevan la perfección que Dios nos pide.
2) Para pensar
Los grandes artistas suelen tener muchos discípulos que los imitan, de tal manera que forman una “escuela” que sigue las características del maestro. Tal fue el caso del genial pintor del siglo XVI Rafael Sanzio. Este pintor enseñaba cómo debían de preparar los colores, cómo preparar la tela y bosquejaba los dibujos que debían completar sus discípulos. Éstos comenzaban a pintar, pero cuando llegaba el momento de hacer el trabajo más fino de la pintura, en donde debía haber el toque maestro para hacer de la pintura una obra maestra, entonces Rafael mismo tomaba los pinceles apropiados y trazaba los rasgos más finos de su obra maravillosa.
Así es el Espíritu Santo que quiere realizar en nosotros su obra maestra que es la imagen de Jesucristo. Los “pinceles” o instrumentos que utiliza para llevar a cabo su obra son precisamente los Dones del Espíritu Santo. Nosotros, como sus discípulos, tenemos nuestros instrumentos que son las virtudes con los que vamos trazando en nuestros corazones la imagen de Jesucristo, pero llega un momento en que no son suficientes para realizar una obra tan grande y entra en acción el Espíritu Santo.
El Papa nos señala que el Espíritu Santo es el Amor de Dios y viene para que tengamos vida. Pero una vida que se encuentra en el donarse, como el mismo Espíritu que don. “Esto es lo que debemos aprender de Cristo; y esto es lo que nos enseña el Espíritu Santo, que es puro don”: darnos por los demás.
3) Para vivir
Siguiendo con el ejemplo del maestro que trata de enseñarle a escribir al niño, podemos concluir que el aprendizaje será más fácil y rápido si el niño está atento a las indicaciones del maestro y no opone resistencia. Nosotros, de igual manera, hemos de saber escuchar sus inspiraciones.
Aunque el Espíritu Santo puede hablarnos en cualquier momento, podemos disponernos mejor para escucharlo si dedicamos al día unos momentos exclusivamente para hablar con Él. Eso es hacer oración.
Sin hacer cosas raras, consiste en hablar de modo sencillo con Dios. ¿De qué? Sobre aquello que nos acontece, lo que nos preocupa, nos entristece o nos alegra.
Podemos invitar al Espíritu Santo para que sea nuestro Maestro; fijar una cita para su “clase” a determinada hora todos los días, y nos sorprenderemos de las enseñanzas que gustoso nos mostrará.
Padre José Martínez Colín
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¿Sabemos ver las cosas como son? Ver las cosas desde Dios
¿Sabemos ver las cosas como son?
Ver las cosas desde Dios
1) Para saber
Se suele decir con frecuencia que las cosas son según el color del cristal con que se miran. No es del todo acertada esta afirmación. Pues si bien es cierto que cada uno tiene sus puntos de vista, también es cierto que las cosas son de una manera, no importa si las miro o no. Si tuviéramos lentes de colores, cada uno vería las cosas del color del cristal por el que las ve. Pero qué cierto sería que quien no tuviera esos lentes o fuera transparente su cristal, vería las cosas como son. Es posible tener esa visión verdadera con la ayuda del Espíritu Santo.
Cuando Juan Pablo II era un niño de nueve años, perdió a su madre. Años después, cuando estaba a punto de terminar el bachillerato, de nuevo la desgracia se abatió sobre la familia: Eduardo, su hermano, que acababa de finalizar la carrera de medicina, murió en plena juventud.
Cuenta Helena Szcepanska, una de las profesoras en donde estudiaba Karol, así se llamaba el Papa, que el día en que se enteró de la muerte de Eduardo fue a visitarlo a su casa. Al llegar y saludarlo exclamó conmovida: “¡Pobre Karol! ¡Has perdido a tu único hermano!”, pero Karol le respondió con plena sencillez y serenidad: “Sí, pero acepto la voluntad de Dios”. Comentaba sorprendida aquella mujer: “Quedé confusa, porque comprendí que su fe era mucho más profunda que la mía”.
En efecto, mostraba tener una gran fe y confianza en Dios en esa gran pena. Ello se debe a que sabía ver las cosas y acontecimientos desde una perspectiva muy alta, bajo la luz de la fe y con la sabiduría que le otorga el Espíritu Santo. Es decir, no tenía su propio “color” de cristal para ver las cosas, sino que veía las cosas como son en realidad.
2) Para pensar
Las decisiones de los hombres, aunque buscan la propia felicidad, muchas veces no la consiguen. La razón está en que el hombre suele querer la felicidad sólo con sus propios planes, y si acude a Dios es sólo para pedirle que se lleven a cabo sus planes personales. Pero muchas veces la situación verdadera es completamente distinta. Dios ya tiene unos planes estupendos para cada uno, y sólo desea que cooperemos a ponerlos en práctica. Nuestros planes nunca podrán superar a los de Dios.
La cuestión está, entonces, en descubrir cuál es ese plan que tiene Dios para cada uno de nosotros, y seguirlo a toda costa, pues ahí se encuentra la máxima felicidad que es posible conseguir aquí en la tierra, y luego la máxima en la otra vida. Es preciso estar convencidos de que el plan divino es el mejor para nosotros.
El Don de Sabiduría nos permite descubrirlo, compartir con Dios “algo” de su Sabiduría, ver las cosas desde su perspectiva.
Pensemos cómo estamos colaborando para que se cumpla en nosotros ese plan divino.
3) Para vivir
Y ¿cómo conocer ese plan divino? Importa estar cerca de Dios para “escuchar” su voz. No se trata de cosas extraordinarias, sino de intuir su Voluntad. Llevando una vida en gracia, con la frecuencia de la confesión y comunión, así como procurando tener unos momentos al día para orar, ayudarán a escucharlo.
En momentos difíciles, podemos acudir al Espíritu Santo quien, con su Don de Sabiduría, nos ayudará a juzgar rectamente acerca de todos los acontecimientos y darles su verdadero sentido.
Padre José Martínez Colín
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La “mascota” de cada uno.Para saber dónde poner el corazón
La “mascota” de cada uno
Para saber dónde poner el corazón
1) Para saber
Hace poco tiempo se publicaba en una noticia los inconvenientes que trae consigo el tiempo exagerado que los niños le dedican a los juegos computarizados.
Por ejemplo, salió a la venta un juego japonés llamado “Tamagotchi”. Es un tipo de mascota, pero en vez de ser un animal, es un tipo de robot. Dicho juguete exige que su dueño esté constantemente pendiente de él: mediante instrucciones simula que le da de comer, se le baña, se le duerme, se le pasea, etc.
El juguete no es dañino en sí, pero el daño viene cuando distrae al niño de sus deberes principales, pues algunos niños llegan a prestarle más atención al “Tamagotchi” que a sus padres, hermanos o maestros. Incluso, en Japón había una persona en las entradas de los colegios que recogía los “Tamagotchis” para él atenderlos en lo que necesitaran y permitir así que los niños pusieran atención en clase, sabiendo que su “mascota” estaría cuidada.
Pero no es solo un problema infantil, también se presenta en las personas mayores. Siempre existe el peligro de que se introduzca un tipo de “Tamagotchi” en nuestras vidas y haga descuidar nuestros deberes: para algunos su “tamagotchi” es la ropa; para otros la comida o su carro; otros tratan con más aprecio a su perro que a las mismas personas. Incluso, una realidad buena como lo es el trabajo, si se exagera, puede llevar a faltar a deberes más importantes como lo son los familiares o religiosos.
2) Para pensar
Nuestro amor lo podemos dirigir hacia muchas partes, pero es importante no ponerlo en cosas inferiores a nosotros. Es más perfecto amar a Dios o a otras personas, que a las cosas o animales. A los animales se les puede tratar con cariño y al carro con cuidado, pero no amarlos más que a alguien.
Enseña Santo Tomás de Aquino que es mejor conocer las cosas inferiores que amarlas, pero en cambio, es mejor amar las cosas que son superiores. Por ejemplo, podemos interesarnos y conocer mucho sobre los carros: su potencia, su velocidad, los modelos, etc. Esos carros, al ser conocidos por nuestra inteligencia, salen “ganando”, pues son “elevados” a nuestra facultad espiritual. En cambio, si pusiéramos nuestro amor en los mismos carros –que son inferiores a nosotros en su dignidad– nosotros somos los que salimos “perdiendo”, ya que el amor nos uniría, en cierto modo, al carro y, por tanto, seríamos rebajados al nivel de una máquina.
Por eso, aunque nuestro conocimiento de Dios se quede imperfecto, en cambio, nuestro amor puede ser muy grande. Amando a Dios nos perfeccionamos, pues nos unimos a Él, salimos “ganando” al amar a alguien tan superior a nosotros.
3) Para vivir
Los Dones del Espíritu Santo son como una escalera en donde cada uno de ellos nos acerca más a Dios y permite que nuestras obras lleven el sello divino.
El Don de Sabiduría es el más alto escalón. Este Don nos facilita el conocer a Dios y, así, amarlo más. Se comienza a gozar de Dios ya en esta tierra; gozo que se cumple a la perfección en el Cielo. Podemos pedir a diario sus dones al Espíritu Santo.
De nosotros dependerá poner el esfuerzo por amar cada vez más a Dios y así comenzar a gozar de ese amor que Él también nos tiene.
Padre José Martínez Colín
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¿Nos aburren las cosas de Dios? En la fiesta del Espíritu Santo
¿Nos aburren las cosas de Dios?
En la fiesta del Espíritu Santo
1) Para saber
Ahora con el Internet sucede que muchas personas se han llegado a conocer por este medio. No importando qué tan lejos se encuentren una de la otra. Aunque en algunos casos ha habido personas que han llegado a casarse, sin embargo, en otros casos ha habido desilusión. Pues no es lo mismo conocer a alguien sólo por referencias o virtualmente, y otra muy distinta conocerla personalmente. No es lo mismo que nos platiquen de una persona, a conocerla personalmente.
Respecto al conocimiento de Dios sucede algo semejante, aunque al contrario, es decir, nos quedamos muy cortos, pues Dios es mucho más de lo que podamos imaginar: es más bueno, más misericordioso, más paternal, etc. La dificultad viene de que Dios es espíritu y no lo vemos. Sin embargo, para quitar esa dificultad, el Espíritu Santo nos ayuda a tener un conocimiento experimental, vivencial, de Dios. Y lo hace otorgándonos el don de Sabiduría. Es más, ese conocimiento sobre Dios nos lleva a amarlo más. Es un conocimiento más íntimo y profundo de Dios y de sus misterios.
Monseñor Luís María Martínez, quien fuera Arzobispo de México, lo explicaba con un sencillo ejemplo: Apreciamos mucho mejor el sabor de una fruta al comerla que si leyéramos las descripciones que se hacen en un libro de Botánica. Nunca se podría igualar el gusto experimental de tener la fruta en la boca, que el que obtendríamos si alguien nos dijera cuál es su sabor. De manera semejante, “así cuando estamos unidos a Dios y gustamos de Él por una íntima experiencia, esto nos hace conocer mucho mejor las cosas divinas que todas las descripciones que puedan hacer los eruditos y que todos los libros de los hombres más sabios” (“El Espíritu Santo y sus Dones”, capítulo IX).
2) Para pensar
Con este último domingo de mayo termina el tiempo pascual, con la fiesta de Pentecostés, que como sabemos, se conmemora el día en que el Espíritu Santo se hizo presente de forma visible en lenguas de fuego sobre los discípulos del Señor, donde cada uno de ellos quedó lleno del Espíritu Santo.
Cuando se comienza a armar un rompecabezas parece que sobran o faltan piezas: no se encuentran las que se quieren y, en cambio, hay algunas que no sabemos dónde van. Nos falta saber unir todas las piezas. Pero con esfuerzo, poco a poco va adquiriendo sentido todo el conjunto, hasta que por fin se coloca con satisfacción la última pieza quedando completa la imagen.
Algo semejante puede pasar en nuestra mente. Los conocimientos que vamos adquiriendo se pueden quedar “sueltos” en nuestra inteligencia, y es necesario que sepamos relacionarlos unos con otros. Por ejemplo, cuando conocemos a una persona, nos interesa relacionarla con otra información que tengamos: “¿Te apellidas Ruvalcaba? y ¿conoces a Raúl Ruvalcaba?; ¿eres de Guadalajara? Y ¿conoces a la familia Morfín?”.
Desde el punto de vista humano decimos que una persona es sabia si sabe explicar el origen y fundamento de las cosas relacionando unas con otras. Con los conocimientos que tenemos sobre Dios y todo lo que se refiere a Él, también es necesario unirlos y relacionarlos. Para establecer esa coordinación entre todos ellos nos ayuda el Espíritu Santo mediante el Don de Sabiduría, el último y más alto de los Dones.
Pensemos si tenemos ese gusto por las cosas divinas, y si fomentemos nuestra unión con Dios.
3) Para vivir
Cuando alguien muestra cierto aburrimiento ante las cosas de Dios, es probable que necesite hacer un esfuerzo por acercarse más a Él: confesarse y comulgar con más frecuencia. No dejar de tratar al Señor, pues eso produce un alejamiento y supone luego poner un esfuerzo mayor para las cosas de Dios. Y como cuesta mayor esfuerzo, es fácil que se deje de hacer las prácticas de piedad. Es decir, se vuelve un círculo vicioso.
En cambio, es sorprendente observar cómo las personas que más luchan por acercarse a Dios, son las que disfrutan más de las cosas relativas a Él. Es el Espíritu Santo que está actúa en ellas. Sin embargo, no hemos de perder de vista que lo que buscamos es agradar a Dios, y no ese gusto que se pudiera sentir, porque a fin de cuentas, ese gusto es un regalo de Dios. Y si no nos lo ha dado, debemos igualmente buscar agradarle, pues a quien buscamos es a Él y no a nosotros.
Si nos aburren las cosas de Dios, procuremos tratar más al Espíritu Santo, y Él con sus dones nos hará apreciar más la belleza que guardan.
Padre José Martínez Colín
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La guerra que se perdió por una imprudencia. La importancia del consejo
La guerra que se perdió por una imprudencia
La importancia del consejo
1) Para saber
“Quien no oye consejos, no llega a viejo”, dice un dicho popular con mucha razón. En ocasiones no son suficientes nuestros conocimientos y experiencias para decidir acertadamente.
La historia nos lo enseña, por ejemplo, en la conocida Batalla de Waterloo. Cuando Napoleón regresó de Elba, las principales potencias se le opusieron. Napoleón sabía que si el ejército inglés y el prusiano se unían, estaba perdido. Por ello decide atacar antes de verlos juntos. Para evitar que se ayuden, envía al mariscal Grouchy para que persiga a los prusianos. Después de varios días de lluvias torrenciales, en cuanto se despeja un poco el cielo, Napoleón ataca a Wellington, de Inglaterra, en Waterloo. Ambos ejércitos luchan bravíamente hasta la fatiga. Los generales saben que ganará quien reciba refuerzos.
Grouchy, sin saberlo, tiene en sus manos el destino de Europa. Está cerca del campo de batalla. Mientras desayuna oye el ruido de los cañones. Sus oficiales le aconsejan que regrese para apoyar a Napoleón. Pero Grouchy, aunque le insisten, no les hace caso. Francia sería salvada si Grouchy oyera los consejos, pero no lo hace; es tímido e indeciso. En el campo de batalla Napoleón ve acercarse un ejército y piensa que es Grouchy. Pero no, es el ejército prusiano que, al fin, se une al inglés. Napoleón es derrotado. Mueren muchísimos de sus soldados. Ha terminado así el Imperio con su emperador. Grouchy actuó imprudentemente al no oír los consejos.
La virtud de la prudencia nos lleva a saber cómo actuar en los diferentes casos de nuestra vida. Si para conseguir metas humanas es importante saber aconsejarnos, cuánto más lo es para nuestra vida espiritual. Para ello acude el Espíritu Santo con su ayuda a través del Don de Consejo.
2) Para pensar
La Sagrada Escritura nos dice que “los pensamientos de los mortales son tímidos e inciertos”. No basta la virtud humana para conducirnos a las alturas de la gloria. En cambio, si ese obrar humano está dirigido por los Dones del Espíritu Santo, tiene un “sello divino”, que lo hace perfecto.
En nuestro actuar diario, si no logramos decidirnos, acudimos a alguna persona que pueda aconsejarnos al respecto. Dejarnos aconsejar por alguien competente no es menospreciarnos, al contrario, es ganar en prudencia y humildad.
3) Para vivir
El camino de la vida no es fácil. Sobre todo tratándose de acciones morales, aquellas que nos pueden alejar de nuestra última meta, de la vida eterna.
Para no extraviarnos, Dios nos proporciona una gran ayuda sobrenatural, “esa prudencia que es fruto de una moción del Espíritu Santo, es lo que se llama el Don de Consejo” (Mons. Luis M. Martínez, “El Espíritu Santo y Sus Dones”, p.90). Importa querer escuchar al Señor, y para lograrlo, procuremos tener un momento durante el día para ponernos en presencia de Dios, hacer un rato de oración y pedirle consejo sobre nuestras decisiones.
Importa mucho estar dispuestos a querer hacer siempre la voluntad divina, aunque a veces sea diferente a la nuestra. Jesucristo nos lo enseña cuando hizo su oración, antes de su muerte. Al dirigirse a Dios Padre, pidiéndole que apartara de Él el sufrimiento, termina diciéndole: “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42).
Padre José Martínez Colín
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La historia de Tobías. Contar con las ayudas de Dios
La historia de Tobías
Contar con las ayudas de Dios
1)Para saber
La Sagrada Escritura nos presenta en sus páginas múltiples lecciones para nuestra vida. Una de ellas es el relato sobre la historia del joven Tobías.
El padre de Tobías era un hombre piadoso que confiaba en Dios y se había quedado ciego. Creyendo que estaba próxima su muerte le pide a su hijo que vaya a cobrar una deuda a un poblado lejano.
El joven Tobías, quiere cumplir cuanto antes la petición de su padre, pero no sabe cómo llegar a tal poblado. Y buscando quien pueda ayudarle, se encuentra con otro joven llamado Rafael que está dispuesto a acompañarle en su viaje. Ambos emprenden el camino.
Durante el viaje Rafael le aconseja guardar ciertas sustancias de un pescado para curar a su padre. Después, le propone conocer a Sara: una buena mujer, muy hermosa y con mucha riqueza. Tobías se enamorara de ella y la pide como esposa a sus padres, quienes se la conceden. Rafael, mientras tanto, va a cobrar la deuda pendiente.
Cuando regresan a casa del padre de Tobías, siguiendo el consejo de Rafael, Tobías aplica el ungüento en los ojos de su padre, quien recupera la vista. Es grande la felicidad de todos: su padre recobró la vista, pudo cobrar la deuda y consiguió una piadosa y bella esposa.
Todo se lo debe al joven Rafael quien en ese momento les confiesa quien es realmente: “Yo soy el ángel Rafael, uno de los siete, que asistimos delante del Señor” (Tob. 12, 15). Toda la familia da gracias a Dios por haberlos socorrido en sus necesidades.
2) Para pensar
En este relato se nos manifiesta la ayuda que el Señor nos envía en nuestras necesidades. Así como Rafael guió a Tobías para que su viaje llegara a feliz término, de la misma manera contamos con la ayuda del Espíritu Santo quien también nos aconseja y guía nuestros pasos por los difíciles y complicados caminos de nuestra vida de tal manera que alcancemos la dicha eterna en la gloria de Dios, en el cielo.
El Espíritu Santo actúa mediante el Don de Consejo para conocer de manera rápida y segura cuál es la voluntad de Dios y, de esa manera, sabemos cómo actuar. Pero, ¿cómo nos llegan sus consejos? No habrá que esperar oír una voz física del Espíritu Santo, pues, aunque lo puede hacer, no suele aconsejarnos así. Más bien, habrá que preguntarle: “En esta situación, ¿cómo querría Dios que actuara?” La luz vendrá a nuestras mentes y sabremos actuar conforme al querer de Dios.
Pensemos cómo es nuestra disposición para oírlo.
3) Para vivir
Además contamos con otra gran ayuda que Dios nos envía: la de sus ángeles.
Es doctrina de la Iglesia que Dios asigna a toda persona un ángel de la guarda. Jesucristo lo afirma al hablar de los niños, cuando dice que “sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial” (Mt. 18,10). Y San Basilio dice: «Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida».
Teniendo tan grandes consejeros hemos de acostumbrarnos a recurrir a ellos con más frecuencia. Incluso, podemos ponerle un nombre propio que nosotros mismos escojamos, y llamarle así cuando queramos o lo necesitemos.
En el libro “Camino” de San Josemaría leemos: “Ten confianza con tu Ángel Custodio. Trátalo como un entrañable amigo -lo es- y sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día” (n.562).
Padre José Martínez Colín
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El Gran Desconocido
El Gran Desconocido
(Homilía pronunciada el 25–V–1969, fiesta de Pentecostés.)
La fuerza del Espíritu Santo
Los Hechos de los Apóstoles, al narrarnos los acontecimientos de aquel día de Pentecostés en el que el Espíritu Santo descendió en forma de lenguas de fuego sobre los discípulos de Nuestro Señor, nos hacen asistir a la gran manifestación del poder de Dios, con el que la Iglesia inició su camino entre las naciones. La victoria que Cristo –con su obediencia, con su inmolación en la Cruz y con su Resurrección– había obtenido sobre la muerte y sobre el pecado, se reveló entonces en toda su divina claridad.
Los discípulos, que ya eran testigos de la gloria del Resucitado, experimentaron en sí la fuerza del Espíritu Santo: sus inteligencias y sus corazones se abrieron a una luz nueva. Habían seguido a Cristo y acogido con fe sus enseñanzas, pero no acertaban siempre a penetrar del todo su sentido: era necesario que llegara el Espíritu de verdad, que les hiciera comprender todas las cosas (Cfr. Ioh XVI, 12–13.). Sabían que sólo en Jesús podían encontrar palabras de vida eterna, y estaban dispuestos a seguirle y a dar la vida por El, pero eran débiles y, cuando llegó la hora de la prueba, huyeron, lo dejaron solo. El día de Pentecostés todo eso ha pasado: el Espíritu Santo, que es espíritu de fortaleza, los ha hecho firmes, seguros, audaces. La palabra de los Apóstoles resuena recia y vibrante por las calles y plazas de Jerusalén.
Los hombres y las mujeres que, venidos de las más diversas regiones, pueblan en aquellos días la ciudad, escuchan asombrados. Partos, medos y elamitas, los moradores de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y del Asia, los de Frigia, de Pamfilia y de Egipto, los de Libia, confinante con Cirene, y los que han venido de Roma, tanto judíos como prosélitos, los cretenses y los árabes, oímos hablar las maravillas de Dios en nuestras propias lenguas (Act II, 9–11.). Estos prodigios, que se obran ante sus ojos, les llevan a prestar atención a la predicación apostólica. El mismo Espíritu Santo, que actuaba en los discípulos del Señor, tocó también sus corazones y los condujo hacia la fe.
Nos cuenta San Lucas que, después de haber hablado San Pedro proclamando la Resurrección de Cristo, muchos de los que le rodeaban se acercaron preguntando: ¿qué es lo que debemos hacer, hermanos? El Apóstol les respondió: Haced penitencia, y sea bautizado cada uno de vosotros en nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Aquel día se incorporaron a la Iglesia, termina diciéndonos el texto sagrado, cerca de tres mil personas (Cfr. Act II, 37–41.).
La venida solemne del Espíritu en el día de Pentecostés no fue un suceso aislado. Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de El y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana: El es quien inspira la predicación de San Pedro (Cfr. Act IV, 8.), quien confirma en su fe a los discípulos (Cfr. Act IV, 31.)quien sella con su presencia la llamada dirigida a los gentiles (Cfr. Act X, 44–47.), quien envía a Saulo y a Bernabé hacia tierras lejanas para abrir nuevos caminos a la enseñanza de Jesús (Cfr. Act XIII, 2–4.). En una palabra, su presencia y su actuación lo dominan todo.
Actualidad de Pentecostés
Esa realidad profunda que nos da a conocer el texto de la Escritura Santa, no es un recuerdo del pasado, una edad de oro de la Iglesia que quedó atrás en la historia. Es, por encima de las miserias y de los pecados de cada uno de nosotros, la realidad también de la Iglesia de hoy y de la Iglesia de todos los tiempos. Yo rogaré al Padre –anunció el Señor a sus discípulos– y os dará otro Consolador para que esté con vosotros eternamente (Ioh XIV, 16.). Jesús ha mantenido sus promesas: ha resucitado, ha subido a los cielos y, en unión con el Eterno Padre, nos envía el Espíritu Santo para que nos santifique y nos dé la vida.
La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea –siempre y en todo– signo levantado ante las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios (Cfr. Is XI, 12.). Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara.
También nosotros, como aquellos primeros que se acercaron a San Pedro en el día de Pentecostés, hemos sido bautizados. En el bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo. El Señor, nos dice la Escritura Santa, nos ha salvado haciéndonos renacer por el bautismo, renovándonos por el Espíritu Santo, que El derramó copiosamente sobre nosotros por Jesucristo Salvador nuestro, para que, justificados por la gracia, vengamos a ser herederos de la vida eterna conforme a la esperanza que tenemos (Tit III, 5–7.).
La experiencia de nuestra debilidad y de nuestros fallos, la desedificación que puede producir el espectáculo doloroso de la pequeñez o incluso de la mezquindad de algunos que se llaman cristianos, el aparente fracaso o la desorientación de algunas empresas apostólicas, todo eso –el comprobar la realidad del pecado y de las limitaciones humanas– puede sin embargo constituir una prueba para nuestra fe, y hacer que se insinúen la tentación y la duda: ¿dónde están la fuerza y el poder de Dios? Es el momento de reaccionar, de practicar de manera más pura y más recia nuestra esperanza y, por tanto, de procurar que sea más firme nuestra fidelidad.
Permitidme narrar un suceso de mi vida personal, ocurrido hace ya muchos años. Un día un amigo de buen corazón, pero que no tenía fe, me dijo, mientras señalaba un mapamundi: mire, de norte a sur, y de este o oeste. ¿Qué quieres que mire?, le pregunté. Su respuesta fue: el fracaso de Cristo. Tantos siglos, procurando meter en la vida de los hombres su doctrina, y vea los resultados. Me llené, en un primer momento, de tristeza: es un gran dolor, en efecto, considerar que son muchos los que aún no conocen al Señor y que, entre los que le conocen, son muchos también los que viven como si no lo conocieran.
Pero esa sensación duró sólo un instante, para dejar paso al amor y al agradecimiento, porque Jesús ha querido hacer a cada hombre cooperador libre de su obra redentora. No ha fracasado: su doctrina y su vida están fecundando continuamente el mundo. La redención, por El realizada, es suficiente y sobreabundante.
Dios no quiere esclavos, sino hijos, y respeta nuestra libertad. La salvación continúa y nosotros participamos en ella: es voluntad de Cristo que –según las palabras fuertes de San Pablo– cumplamos en nuestra carne, en nuestra vida, aquello que falta a su pasión, pro Corpore eius, quod est Ecclesia, en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia (Cfr. Col I, 24.).
Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero, para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio nuestra fe cristiana. Al recitar el Credo, profesamos creer en Dios Padre todopoderoso, en su Hijo Jesucristo que murió y fue resucitado, en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Confesamos que la Iglesia, una santa, católica y apostólica, es el cuerpo de Cristo, animado por el Espíritu Santo. Nos alegramos ante la remisión de los pecados, y ante la esperanza de la resurrección futura. Pero, esas verdades ¿penetran hasta lo hondo del corazón o se quedan quizá en los labios? El mensaje divino de victoria, de alegría y de paz de la Pentecostés debe ser el fundamento inquebrantable en el modo de pensar, de reaccionar y de vivir de todo cristiano.
Tratar al Espíritu Santo
Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida. Una vida cristiana madura, honda y recia, es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, se describe la situación de la primitiva comunidad cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración (Act II, 42.).
Fue así como vivieron aquellos primeros, y como debemos vivir nosotros: la meditación de la doctrina de la fe hasta hacerla propia, el encuentro con Cristo en la Eucaristía, el diálogo personal –la oración sin anonimato– cara a cara con Dios, han de constituir como la substancia última de nuestra conducta. Si eso falta, habrá tal vez reflexión erudita, actividad más o menos intensa, devociones y prácticas. Pero no habrá auténtica existencia cristiana, porque faltará la compenetración con Cristo, la participación real y vivida en la obra divina de la salvación.
Es doctrina que se aplica a cualquier cristiano, porque todos estamos igualmente llamados a la santidad. No hay cristianos de segunda categoría, obligados a poner en práctica sólo una versión rebajada del Evangelio: todos hemos recibido el mismo Bautismo y, si bien existe una amplia diversidad de carismas y de situaciones humanas, uno mismo es el Espíritu que distribuye los dones divinos, una misma la fe, una misma la esperanza, una la caridad (Cfr. 1 Cor XII, 4–6 y XIII, 1–13.).
Podemos, por tanto, tomar como dirigida a nosotros la pregunta que formula el Apóstol: ¿no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo mora en vosotros? (1 Cor III, 16.), y recibirla como una invitación a un trato más personal y directo con Dios. Por desgracia el Paráclito es, para algunos cristianos, el Gran Desconocido: un nombre que se pronuncia, pero que no es Alguno –una de las tres Personas del único Dios–, con quien se habla y de quien se vive.
Hace falta –en cambio– que lo tratemos con asidua sencillez y con confianza, como nos enseña a hacerlo la Iglesia a través de la liturgia. Entonces conoceremos más a Nuestro Señor y, al mismo tiempo, nos daremos cuenta más plena del inmenso don que supone llamarse cristianos: advertiremos toda la grandeza y toda la verdad de ese endiosamiento, de esa participación en la vida divina, a la que ya antes me refería.
Porque el Espíritu Santo no es un artista que dibuja en nosotros la divina substancia, como si El fuera ajeno a ella, no es de esa forma como nos conduce a la semejanza divina; sino que El mismo, que es Dios y de Dios procede, se imprime en los corazones que lo reciben como el sello sobre la cera y, de esa forma, por la comunicación de sí y la semejanza, restablece la naturaleza según la belleza del modelo divino y restituye al hombre la imagen de Dios (S. Cirilo de Alejandría, Thesaurus de sancta et consubstantiali Trinitate, 34 (PG 75, 609).).
Para concretar, aunque sea de una manera muy general, un estilo de vida que nos impulse a tratar al Espíritu Santo –y, con El, al Padre y al Hijo– y a tener familiaridad con el Paráclito, podemos fijarnos en tres realidades fundamentales: docilidad –repito–, vida de oración, unión con la Cruz.
Docilidad, en primer lugar, porque el Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. El es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre. Los que son llevados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios (Rom VIII, 14.).
Si nos dejamos guiar por ese principio de vida presente en nosotros, que es el Espíritu Santo, nuestra vitalidad espiritual irá creciendo y nos abandonaremos en las manos de nuestro Padre Dios, con la misma espontaneidad y confianza con que un niño se arroja en los brazos de su padre. Si no os hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos, ha dicho el Señor (Mt XVIII, 3.). Viejo camino interior de infancia, siempre actual, que no es blandenguería, ni falta de sazón humana: es madurez sobrenatural, que nos hace profundizar en las maravillas del amor divino, reconocer nuestra pequeñez e identificar plenamente nuestra voluntad con la de Dios.
Vida de oración, en segundo lugar, porque la entrega, la obediencia, la mansedumbre del cristiano nacen del amor y al amor se encaminan. Y el amor lleva al trato, a la conversación, a la amistad. La vida cristiana requiere un diálogo constante con Dios Uno y Trino, y es a esa intimidad a donde nos conduce el Espíritu Santo. ¿Quién sabe las cosas del hombre, sino solamente el espíritu del hombre, que está dentro de él? Así las cosas de Dios nadie las ha conocido sino el Espíritu de Dios (1 Cor II, 11.). Si tenemos relación asidua con el Espíritu Santo, nos haremos también nosotros espirituales, nos sentiremos hermanos de Cristo e hijos de Dios, a quien no dudaremos en invocar como a Padre que es nuestro (Cfr. Gal IV, 6; Rom VIII, 15.).
Acostumbrémos a frecuentar al Espíritu Santo, que es quien nos ha de santificar: a confiar en El, a pedir su ayuda, a sentirlo cerca de nosotros. Así se irá agrandando nuestro pobre corazón, tendremos más ansias de amar a Dios y, por El, a todas las criaturas. Y se reproducirá en nuestras vidas esa visión final del Apocalipsis: el espíritu y la esposa, el Espíritu Santo y la Iglesia –y cada cristiano– que se dirigen a Jesús, a Cristo, y le piden que venga, que esté con nosotros para siempre (Cfr. Apoc XXII, 17.).
Unión con la Cruz, finalmente, porque en la vida de Cristo el Calvario precedió a la Resurrección y a la Pentecostés, y ese mismo proceso debe reproducirse en la vida de cada cristiano: somos –nos dice San Pablo– coherederos con Jesucristo, con tal que padezcamos con El, a fin de que seamos con El glorificados (Rom VIII, 17.). El Espíritu Santo es fruto de la cruz, de la entrega total a Dios, de buscar exclusivamente su gloria y de renunciar por entero a nosotros mismos.
Sólo cuando el hombre, siendo fiel a la gracia, se decide a colocar en el centro de su alma la Cruz, negándose a sí mismo por amor a Dios, estando realmente desprendido del egoísmo y de toda falsa seguridad humana, es decir, cuando vive verdaderamente de fe, es entonces y sólo entonces cuando recibe con plenitud el gran fuego, la gran luz, la gran consolación del Espíritu Santo.
Es entonces también cuando vienen al alma esa paz y esa libertad que Cristo nos ha ganado (Cfr. Gal IV, 31.), que se nos comunican con la gracia del Espíritu Santo. Los frutos del Espíritu son caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad (Gal V, 22–23.): y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad (2 Cor III, 17.).
En medio de las limitaciones inseparables de nuestra situación presente, porque el pecado habita todavía de algún modo en nosotros, el cristiano percibe con claridad nueva toda la riqueza de su filiación divina, cuando se reconoce plenamente libre porque trabaja en las cosas de su Padre, cuando su alegría se hace constante porque nada es capaz de destruir su esperanza.
Es en esa hora, además y al mismo tiempo, cuando es capaz de admirar todas las bellezas y maravillas de la tierra, de apreciar toda la riqueza y toda la bondad, de amar con toda la entereza y toda la pureza para las que está hecho el corazón humano. Cuando el dolor ante el pecado no degenera nunca en un gesto amargo, desesperado o altanero, porque la compunción y el conocimiento de la humana flaqueza le encaminan a identificarse de nuevo con las ansias redentoras de Cristo, y a sentir más hondamente la solidaridad con todos los hombres. Cuando, en fin, el cristiano experimenta en sí con seguridad la fuerza del Espíritu Santo, de manera que las propias caídas no le abaten: porque son una invitación a recomenzar, y a continuar siendo testigo fiel de Cristo en todas las encrucijadas de la tierra, a pesar de las miserias personales, que en estos casos suelen ser faltas leves, que enturbian apenas el alma; y, aunque fuesen graves, acudiendo al Sacramento de la Penitencia con compunción, se vuelve a la paz de Dios y a ser de nuevo un buen testigo de sus misericordias.
Tal es, en un resumen breve, que apenas consigue traducir en pobres palabras humanas, la riqueza de la fe, la vida del cristiano, si se deja guiar por el Espíritu Santo. No puedo, por eso, terminar de otra manera que haciendo mía la petición, que se contiene en uno de los cantos litúrgicos de la fiesta de Pentecostés, que es como un eco de la oración incesante de la Iglesia entera: Ven, Espíritu Creador, visita las inteligencias de los tuyos, llena de gracia celeste los corazones que tú has creado. En tu escuela haz que sepamos del Padre, haznos conocer también al Hijo, haz en fin que creamos eternamente en Ti, Espíritu que procedes de uno del otro (Del himno Veni Creator Spiritus, del oficio del día de Pentecostés.).
San Josemaría Escrivá de Balaguer
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La audacia de los santos. Alma de nuestra alma
La audacia de los santos
Alma de nuestra alma
1) Para saber
El Papa Benedicto XVI siguió profundizando en la vida y obra del apóstol San Pablo frente a los miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano. En particular, en su enseñanza sobre el Espíritu Santo. Y recordó: «el Espíritu nos penetra hasta en nuestras profundidades personales más íntimas». Por el Espíritu, recibido en el Bautismo, el cristiano puede exclamar «¡Abbá, Padre!», es decir, nos hace hijos de Dios.
Al conocer la vida de algunos santos puede sorprender la audacia que tuvieron al emprender algunas obras que estaban más allá de sus fuerzas humanas. Un ejemplo es la vida de San Francisco Xavier a quien celebramos el tres de diciembre. En sus años de juventud no vivía tan cerca de Dios como lo estuvo después. Fue hasta que conoció a San Ignacio que decidió seguir a Dios de cerca.
Pocos años después quiso ir al Oriente a evangelizar, pues sabía que había muchísimas personas que no conocían ni el nombre de Jesucristo. Era una aventura colosal. Viajó hasta la India, y desde ahí partió a otras regiones, desconocidas hasta entonces, con el fin de transmitir la fe y bautizar a aquellos indígenas. Se lanzaba a recorrer kilómetros y kilómetros por lugares desconocidos. Solía viajar solo o con un traductor y se encontró toda suerte de peligros: las inclemencias del tiempo, numerosos animales peligrosos –tigres, tarántulas, víboras de todo tipo, etc.-, hasta tribus antropófagas.
En una ocasión en que iba acompañado de un traductor autóctono se encontró con una de esas tribus que se comían a los extranjeros. Fue tanto el miedo que sintió el traductor que se quedó mudo. No lograba traducir el mensaje de paz que le daba San Francisco Xavier para que los calmara, pues estaban furiosos y dispuestos a comérselos de un momento a otro. En medio de esa situación tan tensa, se le ocurrió al santo empezar a cantarles, en latín, un himno litúrgico. Con ello, como por encanto, la tribu se apaciguó y pudo empezar a comunicarse con ellos y convertirlos a la fe.
El santo llevó la fe al extremo Oriente llegando incluso hasta el Japón cuando nadie lo había hecho hasta entonces. ¿Cómo era posible que emprendiera esas tareas tan difíciles? Además del gran amor a Dios que le movía, se puede decir que el santo era llevado por el Don de Consejo que el Espíritu Santo le infundía, a fin de que fuera realizando esa gran obra de evangelización.
2) Para pensar
Bajo la perspectiva humana, acciones descritas como la de San Francisco Xavier, pudieran parecer “imprudencias”, o “locuras”. Son acciones que no siguen las medidas de la sola razón, la cual suele sugerir esperar a que haya los medios humanos.
Tratándose de “tareas” sobrenaturales, no hay que olvidar que se debe contar con el apoyo de Dios. En el aspecto humano, es la virtud de la prudencia la que nos aconseja cómo actuar. Pero en el aspecto sobrenatural, no basta esa “medida” humana; nuestras acciones quedarían imperfectas, es necesario el “sello” espiritual que las haga perfectas, así el Espíritu Santo llega a ser «alma de nuestra alma», como explicó el Papa.
El pontífice nos exhorta a «ser cada vez más sensibles, más atentos a esta presencia del Espíritu en nosotros». Mediante el Don de Consejo, el Espíritu Santo es quien nos dice la medida de nuestras acciones. Este Don es cierta “prudencia” espiritual que nos señala qué actividades realizar. La misma virtud de la prudencia se ve perfeccionada al verse elevada a un plano sobrenatural gracias a este Don. Y si hacemos caso a esos consejos, nuestras decisiones dejan de ser tímidas e inciertas, para convertirse en rápidas, seguras y audaces. Para obrar bien, en nuestro actuar, no basta que nos preguntemos ¿estoy haciendo lo mejor?, sino: ¿estoy haciendo lo que Dios quiere?
3) Para vivir
En nuestra vida espiritual tenemos grandes metas. Por ejemplo, alcanzar la santidad y acercar a los demás a Dios.
Estos grandes ideales, al ver nuestras fuerzas y los medios que tenemos, nos podrían parecer inalcanzables. Al medir nuestras fuerzas, podríamos dejar para otro momento esta tarea: esperar a saber más doctrina, esperar a tener más tiempo, cuando las circunstancias sean mejores, etc. En ese caso, tal vez estaríamos viendo únicamente nuestras fuerzas sin contar con las de Dios. San Josemaría nos lo recuerda: “En las empresas de apostolado esta bien –es un deber- que consideres tus medios terrenos (2 + 2 = 4), pero no olvides ¡nunca! Que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios + 2 + 2...” (Camino, n.471).
Si se cae en cierta desesperanza o pesimismo, tanto al ver que no progresamos o no resultan nuestras iniciativas apostólicas, significará que nos olvidamos de que el Espíritu Santo «suple nuestras carencias y ofrece al Padre nuestra adoración, junto con nuestras aspiraciones más profundas», como nos recuerda el Papa.
Padre José Martínez Colín
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El Espíritu Santo, Nuestro Guía en Adviento
El Espíritu Santo, Nuestro Guía en Adviento
Durante el Adviento no podemos olvidar la presencia del Espíritu Santo que primero actúa profetizando la venida del Mesías, y después, en Jesucristo. Esto es para nosotros una muy especial indicación por parte de Dios Nuestro Señor de que las necesidades que posee el hombre sólo pueden realizarse desde una perspectiva: la del Espíritu Santo. Sin embargo, tampoco podemos olvidar que esto únicamente es posible para el alma que se convierte en dócil instrumento del Espíritu Santo, pues es Él quien nos permite ir llegando con paso firme a todas y cada una de las metas que Dios nos va poniendo a lo largo de la vida. No estamos solos, el Señor no nos abandona. La presencia de Jesucristo en nuestras vidas no es nada más una compañía, es también una guía, una luz. Y nunca olvidemos que esta iluminación quien la realiza es el Espíritu Santo.
El profeta Isaías nos habla de un momento, en los tiempos mesiánicos (cuando venga el Mesías), en que todo será paz, y cómo el Espíritu de Dios colmará el mundo. Dice el Profeta: “Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la Tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar”.
En la Encarnación es el Espíritu Santo el que cubre con su sombra a la Santísima Virgen para que sea engendrado el Hijo de Dios. Y es también el Espíritu Santo el que, cada vez que queremos tener a Cristo en nuestra alma, se hace presente para construir en nosotros la presencia, la vida de Cristo. El Espíritu Santo es el Santificador, es el que realiza en el alma la función de dar vida en el Señor. Es Él quien nos aconseja, guía e ilumina, fortaleciéndonos para que el mensaje que la Navidad viene a traer a nuestras almas se pueda cumplir.
En este Adviento, en este camino hacia la Navidad, hacia la presencia plena de Cristo en nuestra alma, no estamos guiados por una estrella, estamos guiados por el Espíritu de Dios Nuestro Señor. Esto tiene que ser para nosotros una grandísima certeza, tiene que darnos una gran paz y una gran serenidad. Sin embargo, exige de nosotros un entrenamiento que consiste en aprender a escuchar lo que el Espíritu Santo va diciendo a nuestra conciencia, el someter nuestro juicio a lo que Él nos va pidiendo y el ser capaces de amar el modo concreto con el cual va educando nuestro corazón.
Únicamente los sencillos pueden reconocer la voz del Espíritu Santo en su interior, sólo ellos son capaces de dejarse guiar por Él. Si tuviéramos dentro de nosotros esta presencia constante del Espíritu Santo podríamos participar de la acción de gracias que Jesucristo hace al Padre: “Te doy gracias Padre del Cielo y de la Tierra, porque has revelado estas cosas, no a los sabios y entendidos, sino a los sencillos”.
¡Cuántas veces nuestra forma de ver las cosas y nuestros juicios son los que gobiernan nuestras vidas! ¡Cuántas veces pretendemos entender todas las cosas según la cuadrícula de nuestra sabiduría, y nos olvidamos que la sabiduría de Dios es la que tiene que regir nuestra vida!
Cuando leemos las profecías de Isaías, donde aparece el lobo habitando con el cordero, la pantera con el cabrito, el novillo y el león pastando juntos, podría aparecer la pregunta: ¿Todo eso existe? ¿Es un sueño o es una realidad? Lo que el profeta nos está diciendo es que aun aquello que parece imposible al hombre, que en la lógica humana jamás podría llegar a darse, el Espíritu Santo lo puede realizar.
En este Adviento, aprendamos a romper las lógicas humanas, a deshacer nuestras cuadrículas, nuestras formas de ver muchas situaciones, de vernos, incluso, a nosotros mismos. Dejemos a un lado tantas y tantas cosas que clasifican nuestra existencia de una manera determinada y que, en definitiva, la alejan de Dios. Permitamos al Espíritu Santo hablar en nuestra vida, guiarnos e inspirarnos. No es tan difícil, es cuestión de aprender a escuchar, de no hacer ruido en nuestra alma, de ponernos delante de Dios y no oír otra cosa más que a Él, para que nada interrumpa esa comunicación de amor entre Dios y cada uno de nosotros.
Nuestro corazón debe estar dispuesto a escuchar a Dios, para que este tiempo de Adviento, en el que se produce la mayor alegría para el hombre, que es el encuentro con el Señor, no pase con las hojas del calendario, sino que sea un tiempo que permanezca en el corazón. Con una gran apertura interior, permitámosle al Espíritu Santo hablar, para así poder ir quitando todo aquello que nos impiden tener paz en el alma, junto a Cristo en Belén.
El profeta Isaías nos dice: “Aquel día, la raíz de Jesé se levantará como bandera de los pueblos, la buscarán todas las naciones”. ¿Hay en mi alma avidez de Dios? ¿Hay en mi corazón sed de este Cristo, que es la raíz de Jesé? ¿Hay en mi interior el anhelo de encontrarme con Jesús? Si no lo hay, permitamos que el Espíritu Santo vaya cambiando nuestro corazón hasta que Él lo llene. Y pidámosle que en este período de Adviento, Él vaya transformando nuestra existencia de tal manera que nunca nos sintamos solos, para que se pueda cumplir en nosotros la profecía de que somos dichosos porque vemos la presencia de Cristo en nuestra vida, vemos su influjo en la sociedad: “Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis”.
Números: 24, 2-7; 15-17
San Mateo: 21, 23-27
Redacción Church Forum
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